sábado, 26 de enero de 2013

Tengoquellegaralpuentetengoquellegaralpuentetengoquellegaralpuente...


Entró al coche sin levantar la mirada siquiera. Una cascada de pelo negro le caía sobre los hombros y la cara, dejando ver apenas una mueca triste y unos chorretones de maquillaje oscuro. Toda ella estaba empapada, de los pies a la cabeza; fuera caía una tormenta. 

Al puente principal.

Dijo con un hilo de voz al tiempo que se tumbaba en el asiento y se quedaba en posición fetal, completamente inmóvil. Quizá se pudiera esperar que rompiera a llorar, que dijera algo. Pero fue como un mueble todo el trayecto, como un dibujo más en la insípida tapicería marrón. Por el retrovisor alcancé a ver su ropa. Medias negras, rotas por mil sitios, camiseta morada y chaqueta... con dibujos de cráneos, o eso parecían. No se le distinguían las facciones. 

Conduje. El viento golpeaba los cristales y los pocos coches que había en la calle avanzaban despacio, cuidando no resbalar con el agua que se amontonaba en el asalto. Trece minutos y estábamos en el sitio. Paré el taxi con suavidad y me giré hacia ella, esperando el pago. Sin embargo, abrió la puerta y salió sin más, para encontrarla en el instante siguiente junto a la ventana del copiloto. Al bajar la ventanilla pude ver por fin su cara, iluminada por una farola; tendría unos diecisiete años, ojos claros, maquillaje negro abundante y expresión completamente perdida. 

No sé qué va a hacer si no le pago... 

Distrajo su mirada y luego la encontró con la mía por primera vez.

¿Sabe usted que es mi última persona en el mundo?

Plantado en el sitio contemplé cómo los segundos se hacían horas al tiempo que ella se giraba, subía a la barandilla del puente, extendía los brazos y se dejaba caer al tiempo que arrancaban los gritos.

miércoles, 17 de octubre de 2012

Entraron devorándose el uno al otro. Farfullaron una calle entre besos, el taxi arrancó, y los asientos traseros se convirtieron en una improvisada esquina. Desde el espejo retrovisor podía ver el pelo moreno de ella, largo y alborotado, y los vaqueros de él, oscuros y gastados. No solo los veía, los oía. El taxista cumple esa función absolutamente pasiva aún menor que la del mero espectador, pues se trata más bien de un pretender no estar allí. Olía a alcohol. Las braguitas de la chica eran color azul brillante, a juego con ese vestidito tan corto que se las dejaba al aire. Al chico ya no se le veía, le tapaba la espalda fina abrazada por sus manos. Saliva. Se oía saliva, mordiscos, gemidos y risitas. De vez en cuando parecían recobrar la compostura. Eh, que estamos en un taxi. Pero la mano de él subía por el suave muslo de ella, o una ágil mano de mujer encontraba especialmente interesante la bragueta de los vaqueros. Hubo un punto en el que ella desapareció tras un asiento. El chico parecía pasarlo bien. Todo está mejor con una mujer entre las piernas. 

Por favor, no manchéis la tapicería. 

Risitas, compostura, y vuelta a la carga. Tumbados en los asientos, uno encima del otro. Su ropa parecía cada vez más pequeña, y el informe deportivo apenas se oía tras sus jadeos. Habíamos llegado a la calle.

¡Dé otra vuelta!

Desde el coche de atrás debían tener una perspectiva estupenda de la cara de la chica, con la boca abierta y los gritos que no podían oír desde fuera. Todo ese recato parecía haber desaparecido. Cinco minutos en los que pensé vivir en un terremoto con ruedas, con una ópera de fondo. 

Pagaron con un billete y no esperaron la vuelta. Se devoraron en la acera, frente a la casa, en la puerta. Cerraron de un portazo sin mirar el coche amarillo ni una vez.

No mancharon la tapicería.