miércoles, 17 de octubre de 2012

Entraron devorándose el uno al otro. Farfullaron una calle entre besos, el taxi arrancó, y los asientos traseros se convirtieron en una improvisada esquina. Desde el espejo retrovisor podía ver el pelo moreno de ella, largo y alborotado, y los vaqueros de él, oscuros y gastados. No solo los veía, los oía. El taxista cumple esa función absolutamente pasiva aún menor que la del mero espectador, pues se trata más bien de un pretender no estar allí. Olía a alcohol. Las braguitas de la chica eran color azul brillante, a juego con ese vestidito tan corto que se las dejaba al aire. Al chico ya no se le veía, le tapaba la espalda fina abrazada por sus manos. Saliva. Se oía saliva, mordiscos, gemidos y risitas. De vez en cuando parecían recobrar la compostura. Eh, que estamos en un taxi. Pero la mano de él subía por el suave muslo de ella, o una ágil mano de mujer encontraba especialmente interesante la bragueta de los vaqueros. Hubo un punto en el que ella desapareció tras un asiento. El chico parecía pasarlo bien. Todo está mejor con una mujer entre las piernas. 

Por favor, no manchéis la tapicería. 

Risitas, compostura, y vuelta a la carga. Tumbados en los asientos, uno encima del otro. Su ropa parecía cada vez más pequeña, y el informe deportivo apenas se oía tras sus jadeos. Habíamos llegado a la calle.

¡Dé otra vuelta!

Desde el coche de atrás debían tener una perspectiva estupenda de la cara de la chica, con la boca abierta y los gritos que no podían oír desde fuera. Todo ese recato parecía haber desaparecido. Cinco minutos en los que pensé vivir en un terremoto con ruedas, con una ópera de fondo. 

Pagaron con un billete y no esperaron la vuelta. Se devoraron en la acera, frente a la casa, en la puerta. Cerraron de un portazo sin mirar el coche amarillo ni una vez.

No mancharon la tapicería. 

2 comentarios:

  1. Ay, me encanta la idea de esto. Deberías poner un enlace con el otro blog, si es que no está aún :)

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